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KNOWHOW

KNOWHOW

KNOWHOW

Del inglés “saber cómo” o “saber hacer” y hace referencia a la capacidad, pericia, habilidades, etc. de un individuo, institución o empresa requeridas en diferentes áreas concretas o para realizar una tarea específica.

No han de ser necesariamente saberes o conocimientos adquiridos académicamente sino también con práctica y trabajo diario.

El knowhow aporta valor a la empresa, bien centrándose en una persona o bien siendo una característica de la propia empresa.

Es un término muy utilizado, por ejemplo, en la venta de franquicias ya que lo que realmente se vende es ese saber cómo: una metodología, un sistema de trabajo y una forma de funcionar que resulta productiva y generalmente es uno de los sellos propios de la empresa.

Así que ya sabes, cultiva tu knowhow y conviértete en una persona de valor para tu empresa ¡cuanto más puedas aportar más valdrás!

 

Foto: Spreading knowledge por Frits Ahlefeldt-Laurvig. (CC BY-ND 2.0)

¿Emprendes? Pues entonces Vendes.

Por Israel Pastor Sánchez

Si estás pensando en emprender, o si ya lo has hecho, ahora te toca vender. Vender para buscar financiación, socios, un equipo que quiera trabajar contigo y, como no, para ganar dinero. Y en esa línea vas a escuchar mucho que debes aportar valor a tu idea, servicio o producto. Es fácil, tú has ideado el proyecto, lo has creado y le has dado forma, nadie mejor que tú lo conoce. ¿Pero qué es realmente aportar valor?

Si pensamos en cómo ha evolucionado el proceso de compra-venta a lo largo del tiempo, éste surge por la necesidad de intercambiar el excedente de lo que una familia era capaz de generar, por otros productos que ella no producía. No era necesaria la figura del vendedor como tal. Sin embargo, la II Guerra Mundial, deja a Europa destruida y despoblada y sin capacidad para comprar, mientras que EEUU tenía un alto excedente que necesita vender. Es en ese momento cuando los empresarios comienzan a contratar personas que vendan visitando a todo posible cliente, con el único objetivo de “vender”. Era lo que llamamos venta agresiva. Debían prospectar, presentar, negociar y cerrar, manejando posibles objeciones.

Pero la saturación de los mercados trae consigo como consecuencia, que el cliente tiene un amplio abanico donde elegir, y puede comparar calidades y precios, eligiendo lo más adecuado a sus expectativas, a lo que añadimos que, hoy por hoy, un comprador ni siquiera necesita de un vendedor, ya no hace falta acudir a un establecimiento comercial para adquirir aquello que quiere, con el añadido de que tiene mucha información a su alcance que le permite descartar unos productos por otros.

Entonces, ¿el problema es realmente que no sabemos presentar nuestro proyecto, o es más bien que no asumimos la responsabilidad por conocer realmente al cliente y ser capaz de descubrir aquello que necesita para traducirlo en un deseo de compra?.

Hablamos del deseo de querer saber cuáles son los gustos, las expectativas, las preferencias de su cliente. Hablamos de intuición, de la capacidad de entender, a través de su forma de expresarse, a través de la comunicación no verbal, los deseos más ocultos para transformarlos en un servicio que el cliente desee volver a compartir con nosotros. Eres emprendedor, tienes que pensar en relaciones de largo plazo, duraderas, en fidelidad. Y esto no se consigue “vendiendo”, se consigue mirando, observando, preguntando y generando complicidad con la otra parte, sea quien sea. Tenemos que satisfacer “sus expectativas”, no las nuestras.

Y el proceso de comunicación entre el cliente y nosotros va, incluso, más allá del arte de preguntar. Cada persona usamos un canal de comunicación diferente, y es muy sencillo distorsionarlo, fracasando en el proceso de venta. Cuando un posible comprador te dice “este coche podría interesarme a primera vista”, su canal de comunicación es visual. Si el vendedor le responde “¿qué es exactamente lo que le han contado de él?” está usando un canal diferente, el auditivo, y el entendimiento no será posible.

El proceso de venta ha evolucionado, ¿evolucionas con él?

Invirtiendo en valor: el tiempo

Invirtiendo en valor: el tiempo

Cuando uno se lanza a emprender una idea lo primero que le surge es la idea en sí, lo segundo, reflexiona sobre las necesidades de esta idea, y en tercer y último lugar piensa como satisfacerlas. En muchos de los casos esta reflexión se orientará a buscar la forma de conseguir dinero para poder construir lo poco que necesito: un servidor,   ser autónomo para poder vender,  un lugar tranquilo para trabajar… Y como es justamente lo que necesitamos, dinero, se torna lo más valioso para nosotros.  ¿Cómo financiarnos?, ¿banco?, ¿inversor?, ¿autofinanciación? Poco a poco se va haciendo dueño de nuestra mente y trasformándose en lo más valioso que podemos conseguir para nosotros. ¡Dinero!

Sin embargo, después de mi experiencia trabajando ya sea en proyectos de la carrera, propios, o de voluntario, he llegado a la reflexión de que el dinero no es para nada lo más valioso que necesitamos. Lo realmente importante, en lo que debemos invertir,  es en tiempo. El tiempo tanto para nosotros, como para nuestro equipo.  Dinero existe mucho en este mundo, se puede tener más o menos, dependiendo de nuestra astucia y habilidad, pero el tiempo es algo total y completamente limitado en nuestras vidas. Como aquella expresión ¡una vida no es suficiente!

Descartando las ideas de antiguos reyes o faraones (con mucho dinero, y poco tiempo) de inmortalizarse a través de la época. Veamos unas cuantas razones por las que es importante el tiempo.

El coste de oportunidad es un concepto que se debe tener muy en cuenta a la hora de hacer un despliegue de nuestros costes. Este concepto quiere significar todo aquello que perdemos la oportunidad de realizar o hacer porque estamos involucrados en otro proyecto. ¿Encerrarme una semana para realizar un proyecto importante puede hacer que pierda la oportunidad de un nuevo negocio en la feria de emprendedores de esta semana? Todo lo que hagas, todo lo que decidas, tiene un coste de oportunidad.

A la hora de trabajar en equipo, ya sea en un proyecto voluntario, o elaborando la idea sin pagar sueldos  hasta que no se tenga dinero, el tiempo también puede considerarse un enemigo. Al no ser una tarea de la que se pueda vivir,  es difícil que todos podáis implicaros al 100% con ella, y cada uno tendrá sus vidas y sus proyectos, a parte de esta idea. Cuando se tiene muy poco tiempo el proyecto avanzará más despacio, pero tampoco se puede presionar demasiado porque al fin y al cabo es algo que se hace de manera voluntaria. Trabajar con un buen ambiente hará que el equipo esté más a gusto y que el tiempo se aproveche más fácilmente.

Finalmente,  desde que he ido entrando en  este mundo de “emprendedores”, no hay persona que haya conocido que no esté metida en cientos de proyectos. Parece que el gen “emprendedor” entendido como comenzar “cosas” (no necesariamente un proyecto empresarial), te obliga a no estarte quieto, a necesitar acción y a comprometerte más del tiempo que tienes. Y esto también puede convertirse en un problema: no darás a basto, quien mucho abarca poco aprieta, y con ello estarás perdiendo muchas oportunidades. Y también consumirás tu salud.

La salud es algo que no hay que descuidar,  yo lo he tenido que aprender de la experiencia. Estando enfermo no podrás hacer nada, perdiendo ese precioso  tiempo con el que contabas.  Piénsalo antes de quedarte toda la noche trabajando para sacar tu idea adelante (algo que se nos suele pasar por la cabeza bastante a menudo).

Con este post no aporto realmente ninguna novedad revolucionaria. Pero sí espero haber compartido con vosotros, de forma breve, la importancia que tiene el tiempo realmente, incluso más que el dinero. Aprender a valorarlo e invertir en él es una clave para el éxito de nuestros proyectos.